27.5.12



Hijos de puta’




«Si el Gobierno no quiere hijos de pobres en la universidad,


yo no quiero hijos de puta en el gobierno.»



Esta mañana al asomarme al balcón he visto un coche aparcado que a modo de parasol llevaba un cartón con este lema, imagino que hecho para participar en las manifestaciones que recorren el país contra los recortes en educación, la desaparición de la becas y la subida de tasas.
Mi primera reacción fue de simpatía con el fondo e incluso con el estilo directo e indignado. Pero mira tú por dónde que ando estos días preparando un seminario sobre ‘los hombres ante la prostitución’ y me puse a darle vueltas a la frase. ¿Qué culpa tendrán los hijos de la profesión de sus madres? ¿Por qué pesa ese estigma sobre las prostitutas si decimos que la mayoría lo son contra su voluntad? ¿Por qué están tan mal vistas si disfrutan de sus servicios el 30% de la población masculina? ¿Por qué se oculta la responsabilidad de sus padres?
Pobres hijos de puteros insensibles a la llamada de la sangre, que no tienen padre que los reivindique y cuyo origen los convierte en el peor de los insultos que se puede dirigir a un varón. A la mujer siempre se la puede llamar ‘puta’, que es peor.
Pocos y esporádicos han sido mis contactos con la prostitución: Algún paseo de niño por las calles del Barrio Chino de Valencia para ver su ambiente sórdido, las viejas que venden tabaco en los portales y las farmacias que anuncian lavativas. Compañeros de trabajo que hablan de llevarme de putas en cuanto cumpla los 16. Una visita turística al Barrio Rojo de Amsterdam, tan distinto y tan parecido, o al de Barcelona, junto a las Ramblas, que me recuerda la sordidez de mis recuerdos de pubertad. Cuatro compañeros de mili que se acuestan con la misma puta tras sortear el turno. El joven socialista poco agraciado, que llegaría a concejal, que las frecuenta con naturalidad. El amigo, que después sería un político conocido, que me lleva en la transición a visitar un cabaret para intentar sindicar a las chicas del estriptis. Amigas feministas que trabajan ocasionalmente en barras americanas para afirmar su independencia. La psicóloga, que se decía amiga de Robert Bly y dirigía un servicio de chicas de compañía para altos ejecutivos, que me visita antes de la Expo 92 para que formara a sus pupilas para responder adecuadamente a las dificultades sexuales de sus clientes, y cuya propuesta rechacé por prejuicios ideológicos, pese a poder ponerle precio y resultar fascinante para quien como yo atendía problemas sexuales masculinos. Amigos homosexuales que hacían algunas "chapas" para costearse gastos extras o que ocasionalmente pagaban a chaperos. Prostitutas y prostitutos, corrientes y de lujo, que conocí en debates de televisión.
No fui nunca de putas, pero el fenómeno siempre me ha interesado. Alarmado por lo que se sabe de los proxenetas y de las mafias que dominan la trata y el tráfico con mujeres y niños, apoyo la persecución de las mafias garantizando la protección de quienes las denuncien, papeles de residencia y permiso de trabajo incluidos, pero me cuesta posicionarme en el eterno debate sobre regulación, prohibición y penalización de los clientes.
Defiendo que se protejan los derechos humanos y civiles de las prostitutas. No siento ninguna simpatía por los clientes, pese a entender algunas de sus razones, y me da un poco igual que los multen, pero rechazo que las relaciones sexuales sean reguladas por el estado y no veo la compra de sexo cercana a la idea que tengo de lo que puede ser una sexualidad igualitaria.
La educación-socialización sexual masculina y su imaginario erótico, sexista y falocrático, propician el consumo de pornografía y prostitución sin que importe demasiado lo que esconde. Aunque todos los hombres tienen fantasías pornográficas, la mayoría nunca paga a cambio de sexo, lo que prueba la responsabilidad personal de los clientes habituales y de los posibles padres de hijos de puta que pagan para no ponerse el condón, asumiendo riesgos innecesarios y forzando la voluntad de la prostituta.
Lo que no entiendo es que, si existe unanimidad en considerar a los clientes como los principales protagonistas, y los mayores prostituyentes, existan tan pocos estudios sobre sus conductas y motivaciones.
Por cierto, acabo de recordar que la primera vez que me interrogue sobre quienes eran las prostitutas fue de niño, al oír un comentario de un grupo de antifranquistas acerca del significado de la Pepsi Cola: Putas Españolas Piden Socorro Internacional Como Obreras Legalmente Autorizadas.

Sevilla, mayo 2012


José Ángel Lozoya Gómez
Miembro del Foro y de la Red de Hombres por la Igualdad







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